15 de agosto de 2011

Insatisfacción

Por: Richard Webb Director Instituto del Perú, USMP
Lunes 15 de Agosto del 2011

En mi vuelo a Londres viaja también una joven oriunda de Puno. Estoy tratando de imaginarme el choque de cultura que le espera, hasta que recuerdo que en Londres también se vive una insurrección.

En ambos lugares, la violencia ha llegado a las calles, al incendio de automóviles, saqueo de tiendas y pedradas para los policías.

En ese sentido, la puneña se sentiría igualmente en casa en París, Madrid, Atenas, Lisboa o Roma, donde se presentan escenarios similares de disturbios y violencia.

Y si viaja a Chile, se encontraría con estudiantes protestando violentamente contra la mala calidad de la educación, a pesar de que Chile registra la mejor educación de América Latina.

Más graves, por supuesto, son las insurrecciones que viven los países árabes, donde la vasta riqueza petrolera, los generosos programas sociales y los altos sueldos han producido más insatisfacción y rebeldía que tranquilidad política.

El escenario mundial nos dice que la abundancia material no es sinónimo de la satisfacción y que las revoluciones políticas surgen no de la privación material, sino, al contrario, del progreso.

La pobreza es profundamente conservadora y abraza a las monarquías, y al orden de los ritos y los mitos.

En casi todos los países ahora existen encuestas que miden la felicidad, o la “satisfacción vivencial”, cuando se comparan ricos y pobres, y descubren que es poca o nula la relación entre riqueza y felicidad.

Por casualidad, uno de los expertos mundiales en el tema es una politóloga peruana, Carol Graham, quien acaba de publicar un cuarto libro sobre la materia.

Lo que Graham deja en claro es que si bien lo material a veces produce felicidad, muchas veces no lo hace.

En China, Chile y Corea del Sur, a pesar de su extraordinario éxito económico durante los últimos veinte años, las encuestas no registran ninguna mejora en su nivel de satisfacción personal.

Hace cincuenta años se publicó el estudio, “Carcas, la comunidad olvidada”. Ubicada en la Cordillera Blanca y escondida en una quebrada de tierra escasa e infértil, Carcas era conocida por su extrema pobreza y, paradójicamente, por su afición a las fiestas. Hoy, su situación es mejor, pero persiste en su pobreza y en sus fiestas costosas. Pero más allá de los valores humanos omitidos por la moderna y la burocrática contabilidad de las necesidades materiales, cabe recordar que la insatisfacción es inherentemente humana, es un motor del progreso y, en cierta forma, es la expresión máxima de la felicidad

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